Ascega Hoy

En pleno siglo XXI

Hay una idea extraña pero popular que ronda por numerosas cabezas. Algunos pedantes le llaman adanismo. Sin embargo, ¿hasta qué punto es conveniente ponerle un nombre y crear un concepto desarrollado ante algo que se asume instintivamente? Seguro que están familiarizados con un argumento de este estilo: ¿cómo piensas eso en pleno Siglo XXI? Y yo me pregunto: ¿qué tiene este siglo que hace que lo que en él aparece sea incuestionable, definitivo e incorruptible? ¿Serviría si se dijese en otro siglo? No me imagino a caballeros medievales discutiendo con sus congéneres utilizando como argumento «estamos en pleno Siglo XIII».

Claro, lo que hay detrás es la asunción de que lo nuevo es bueno por ser nuevo y que lo viejo es malo por ser malo. En la pequeña novela distópica «Un mundo feliz» vemos un ejemplo paródico de lo que estoy tratando:

-Pero ¿por qué está prohibido? -preguntó el salvaje.

El interventor se encogió de hombros.

-Porque es antiguo; ésta es la razón principal. Aquí las cosas antiguas no nos son útiles.

-¿Aunque sean bellas?

-Especialmente cuando son bellas. La belleza ejerce una atracción, y nosotros no queremos que la gente se sienta atraída por cosas antiguas. Queremos que les gusten las nuevas.

-¡Pero si las nuevas son horribles, estúpidas!

Este fragmento expira la frustración habitual del que es víctima de un adanista. «¡Las cosas nuevas son estúpidas!» es lo que cualquiera clama cuando se ve en estas circunstancias aunque sea simplemente por reacción. Y es que lo que subyace a estas ideas no es más que la relativización de la Verdad en base al momento temporal en el que nos encontremos. Y aunque su obvia absurdez se muestre utilizando un poco la cabeza con la ayuda de la lógica más simplona, tenemos la penosa suerte de encontrarnos en el mundo, cada vez más, a osados personajes que insisten es esparcir sus prejuicios apoyándose en el siglo en el que viven.

Defender lo que piensas porque «estamos en este siglo» es una buena manera de no cuestionar los (nulos) fundamentos de nuestras ideas. Al final todos construimos un esquema que nos ayuda a entender el mundo, un filtro por el que pasan todos los sucesos que captamos y que nos sirven para interpretar la realidad. Cuando la interpretación ajena aparece ante nosotros tenemos varias opciones: debatir usando la lógica, cuestionar nuestros planteamientos o huir. Lo primero requiere esfuerzo, lo segundo valentía y lo tercero, lo más común, es tan sencillo que hasta un inepto podría emplearlo. Y esto es lo que se hace cuando se alude al año que vivimos para pensar que uno tiene razón: huir pensando que de alguna manera has dicho algo inteligente.

Por Benjamín J. Santamaría

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