Ascega Hoy

El precio por sentirse libre

José Luís Vilanova

Pontevedra. Ascega Hoy

Vivimos en un mundo extremadamente polarizado. Es cierto que siempre lo ha estado. Lo de las dos Españas viene de lejos. Y antes, seguro que hubo muchas más. Pero la velocidad a la que ahora transcurre todo y el acceso inmediato a infinidad de fuentes de información hace que la sensación se multiplique y se amplifique más que nunca.

Existen, por supuesto, muy distintos elementos que propician, a su vez, distintos tipos de polarizaciones. La cuestión de género, las creencias religiosas o incluso otros tan banales como el fútbol son asuntos capaces de polarizar las más variadas capas y estratos sociales.

Pero si hay un elemento polarizador por excelencia, ese es la política. Seguramente tenga que ver con su capacidad para anular la objetividad y, en buena media, también el raciocinio e incluso el sentido común. Se supone que en aras del seguidismo de una inteligencia superior capacitada para dictar doctrina en cualesquiera de los ámbitos de nuestra vida.

El sujeto político fuertemente polarizado tiene por máxima el hacer seguidismo ideológico de su opción política, con independencia de lo que ésta haga o diga. De ahí que no pocas veces uno tenga la sensación de estar más ante unsectario que ante un militante. Y esto ocurre tanto en un lado como en el otro. En este caso no hay distinciones de colores políticos ni de ubicaciones geográficas.

Vemos y asumimos cada vez más como el rebaño adoctrinado aplaude y vitorea las ocurrencias de sus mandatarios incluso aunque sea consciente de que éstas se van a volver en su contra. Pero el criterio que se impone ya no es siquiera el del beneficio propio sino el de no cuestionar a quien manda, el de acatar con sumisión a la espera de que lleguen tiempos mejores y quién sabe si alguna ayudita en premio a tan magna y borreguil fidelidad.

No corren buenos tiempos para los librepensadores. No está bien visto que cuestiones a los tuyos ni siquiera cuando lo hacen mal. Esa es su gran victoria. Haber conseguido anular nuestra capacidad de crítica. Por eso afilan sus guadañas cuando alguien levanta la voz. Y las afilan aún más si ese alguien que la levanta es “uno de los nuestros”. Y así nos va.

Escucho muchas veces eso de que “tenemos la clase política que nos merecemos”. No es cierto. Merecemos mucho más. Pero conseguirlo exige cierta dosis de independencia, de cultura, de capacidad crítica y de riesgo. Y, ya digo, esas cualidades en estos tiempos pasan factura.

A lo largo de toda mi vida he intentado situarme en un punto equidistante con respecto a los propios y a los ajenos. Nunca he escondido mis afinidades, pero cuando he considerado que los míos lo estaban haciendo mal, lo he denunciado. Al igual que he alabado sus aciertos. Y también los de la parte contraria. Y eso me ha conllevado más de un disgusto. Supongo que forma parte del precio que hay que pagar por sentirse libre. Y yo no tengo intención de dejar de serlo.

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