Ascega Hoy

El virus del afán de notoriedad

Artículo de opinión de Alfonso García

Hoy, el afán de notoriedad ha alcanzado el grado de epidemia social

Dicen que se puede morir de amor, de envidia, de ambición, y, también, de un excesivo afán de notoriedad.

Vivimos en una sociedad de estar, hacerse visible, buscar la fama, que se sepa quienes somos. En otros tiempos la visibilidad en los medios de comunicación solía ir unida al trabajo, profesión o actividad de las personas que habían hecho cosas importantes o tenían algo que decirnos.

Hoy, el afán de notoriedad ha alcanzado el grado de epidemia social. Los medios de comunicación, siempre alerta ante los cambios sociales, detectaron la enfermedad y se han convertido en vehículos de contagio. Me asombran las manifestaciones que, en ciertos programas de televisión, hacen personas de edad provecta, de extracción rural o socialmente baja, llenas de procacidad, desparpajo y atrevimiento.

Cuando esta exposición al micrófono y la cámara se hace frecuente, lo que empezó siendo una broma, un brote, se convierte en enfermedad crónica. Así es como han surgido esas tropillas de mindundis, personajillos, arrivistas y otros seres insignificantes, que recorren estudios de televisión y emisoras de radio y ocupan páginas de la prensa exhibiendo obscena e impúdicamente sus miserias, su vida íntima, sus escándalos de todo tipo, incluida la violencia, previo pago del correspondiente precio. Es lamentable que, incluso niños y adolescentes, vendan fotos íntimas tomadas con su móvil y peleas de amigos camorristas.

Me referiré ahora a otro grupo social que persigue la notoriedad, estar presente, que se le conozca. Generalmente, se trata de personas de origen humilde, anónimas, hechas a sí mismo, que han alcanzado el éxito a base de trabajo y esfuerzo, por ejemplo, en el ámbito empresarial. Lo tienen todo, incluso, parecen felices a los ojos de quienes los envidian por su forma externa de vida, ya sean viajes, coches, aviones, barcos, mansiones o parejas.

Pero les falta algo: conseguir una posición social, codearse con personas del mundo de la cultura, la política, el espectáculo, el deporte, el altruismo,…, para tratar de adquirir algo que ellos no tienen y no siempre se puede conseguir con el dinero. Pero esos ambientes a los que aspiran, con frecuencia son cerrados, clasistas, y no admiten con buenos ojos a los que consideran advenedizos.

Naturalmente, tienen todo el derecho a perseguir el ascenso social y a utilizar sus recursos personales cómo deseen, pero corren el riesgo de hacer el ridículo con sus iniciativas, ya sean fiestas a las que invitan a miembros de la clase social a la que aspiran; organizan actividades benéficas para que les sirvan de escaparate; escriben un libro en el que cuentan su vida o exhiben obscenamente –la palabra es un poco fuerte, pero, en mi opinión, muy descriptiva- su riqueza.

En suma, cuando vemos esta forma de afán de notoriedad nos percatamos de que lo material no conduce a la felicidad, porque la ambición y la insatisfacción nos impulsan siempre a tener algo que no poseemos, en este caso, el reconocimiento social, ciertas relaciones personales, cultura,…

El riesgo que corren quienes viven en este estado de permanente de ansiedad por llegar a…, relacionarse con…, ser invitado a…, en definitiva, encontrar un hueco en la sociedad a la que aspiran, es rodearse de aduladores atraídos por las migajas que ellos dejan caer, a los que consideran, erróneamente, amigos.

Ante quienes les conocen de siempre, pueden parecerles ridículos e hipócritas, por sus falsas apariencias.

La notoriedad del rico Epulón de la parábola evangélica, frecuente en nuestra sociedad, es una enseñanza para creyentes y no creyentes.

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